Esta historia comienza en Carolina del Sur, a finales del siglo XVIII.
El tambor ya no suena.
Lo prohibieron.
Dijeron que era peligroso.
Que el ritmo podía comunicar lo que las palabras no debían decir.
Pero el pulso no desaparece cuando se confisca un instrumento.
Al caer la tarde, lejos de las miradas vigilantes, un grupo de esclavos se reúne junto a sus cabañas. No hay madera tensada. Ni cuero. No había sonido grave que atraviese el aire.
No pueden decir nada.
Solo están ellos, el fuego y las estrellas.
Un joven se adelanta. Golpea su muslo con la palma abierta.
Seco.
Preciso.
Otro responde marcando el pecho.
Un tercero añade chasquidos con los dedos.
El ritmo empieza a crecer.
No hay tambor.
Pero hay parche en la piel.
Hay resonancia en el pecho.
Hay memoria en las manos.
Las palmas se entrelazan con los pies que pisan la tierra.
El pulso se acelera.
Alguien sonríe.
No es desafío abierto.
No es rebelión visible.
Es algo más sutil.
Es recordar la tierra de donde vinieron.
Los ancestros.
La libertad que aún vive en el cuerpo.
Recordar que el ritmo no habita en el objeto.
Habita en la carne.
Aquella forma de golpear el muslo y el pecho recibiría después un nombre: Hambone.
Pero esa noche no tenía nombre.
Solo tenía latido.
Y el latido, incluso en silencio impuesto, no se deja domesticar.
Es el mismo pulso que siglos después nos seguiría devolviendo a la tribu.

